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miércoles, 4 de diciembre de 2013

Sunken Birthday Cake

"I dream too much
and spend my day
like a sailor lost at sea."
Sunken soilder ball- Agua de Annique

Hoy es un día de esos
en los que quisiera dormir en un solo pestañeo
veintiséis paralelos,
navegar la eternidad sin sueños.

Mientras todos tienen un huracán en la cabeza
o entre las cobijas o las cejas,
ansío permanecer quieto.
Fui aire, volador,
hoy no me siento capaz de soplar
ni siquiera la próxima vela.
Aún con las anclas levadas,
sin viento interno,
sin anima motor,
no sé cómo cruzaré los mares
del próximo año.

I will go down with this ship,
así tenga que sabotearlo
poco a poco.

miércoles, 2 de enero de 2013

El agua eterna

No hay nada que me atormente más que enterarme que alguien a quien yo quiero no conoce el mar. En cuanto descubro que nunca lo han visitado, me entra una pena gigante, una que se va y regresa gruñendo dulcemente; me transformo en una tristeza salada y profunda, en una promesa de eternidad. Y es que el mar es algo arrebatador, casi como un derecho humano, una vez que lo has tenido, no lo quieres perder. Además, el mar es para mí como una enfermedad deliciosa pues no quiero ser el único que la tenga. Quiero compartir el mar, por eso es que cada que me entero de que alguien a quien quiero mucho no conoce el mar, me prometo que algún día lo visitaremos juntos.

Hasta ahora eso no ha pasado. No he regresado al mar, mucho menos he llevado a nadie a que lo conozca. Es por eso que me gusta prometerme que llevaré a quien me gustaba o a una de mis mejores amigas al mar, para tener un motivo de peso para volver al mar. Al principio eran las vacaciones, pero después de lo de mi papá y mi prima, mi familia prefiere salir a otros sitios; después iba a visitar a un tío, pero ya no vive cerca del mar (y ya no lo visito). Ahora no me queda más que prometerme volver al mar, entonces no seré de nuevo una tristeza muy mansa y gris, dejaré de ser río y me volveré, quizá, nada. Cuando esté en el mar tendré otro nombre, entonces call me Ishmael.

Por ahora lo que tengo es lluvia, también me gusta, en el siguiente orden prefiero el mar, luego la lluvia y después la niebla. Y es que sé que los tres son agua eterna.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Presencia

[Antes de comenzar, me gustaría dejarles una canción, se llama Presencia (pero en ruso) http://bit.ly/PYHgOJ, les recomiendo acompañar la lectura de esta entrada con la música que suena a partir de 6'17", sólo arrastren la barrita roja.]

"En Cachemira no hay bruma." Me dijo y yo no supe si creerle. Tenía máster en Mentir por la Universidad Plutónica de Vietnam. Ha viajado mucho, eso sí, pero no sé si creer todo lo que dice sobre sus viajes. "En Cachemira no hay bruma. Allá hay algo mucho más denso, más pesado. Algo que te hace sentir tan húmedo que  no sabes si estás llorando o el agua se condensa en tu cara y gotea por tu barba." No lo sé. Yo jamás he estado en Cachemira. Aquí rara vez hay niebla. Hoy me acordé de él. Había niebla. No podía ver más que unos treinta metros. En el coche todo estaba bien. El café seguía caliente y vaporoso, aromático. Cuando llegué al estacionamiento apagué el radio y me sorprendí. No recuerdo ni una sola de las noticias. Estoy acostumbrado a oírlas, pero hoy no pude prestar atención. Creo que ya pensaba en él. 
Una vez, cuando regresó de Budapest, me dijo que no le gustaba viajar solo. Me invitó a Argentina. El río de La Plata es otra cosa, no tiene nada que ver con los que conocía, a lo mucho con el Pantepec, pero en realidad no. No recuerdo bien cual fue su comentario, pero era de que era ilógico que se  le llamara río -como la risa- a algo que parecía más bien una corriente de lágrimas. Le dije algo como que también había lágrimas de felicidad y soltó tremenda carcajada que hasta las lágrimas le botaron. La gente se nos quedaba viendo pero eso era lo de menos. Comenzó a llover y nos fuimos al hotel. Cuando amaneció había niebla. No sé si se muy típico que en Buenos Aires haya niebla, es la única vez que he estado allí. En Xalapa de Enriques si hay niebla muy seguido, pero en Buenos Aires no sé. No alcanzábamos a ver el otro extremo de la Plaza de Mayo, los demás parecían fantasmas, incluso él ya se mostraba algo traslúcido y acuoso. Las gotas resbalaban por su cara y su barbilla parecía una fuente pequeña. Lo tomé de la mano y él me apretó con fuerza. Cuando regresamos a México visitamos el Zócalo, no quiso que lo tomara de la mano, pero me tomó del hombro y se acercó hasta mi oído para decirme que me quería, pero que aquí no lo hiciéramos. Supe que después voló a Japón, me trajo un libro, no sé de que sea, pero es antiguo y hermoso. Me invitó a Rusia, ayer hubiéramos partido hacia Amsterdam y ahí nos hospedaríamos una noche. Me pregunto si ahora habría también neblina allá. No lo sé. En el aeropuerto dijeron que el avión falló inexplicablemente. Venía de Boston. No, no estoy llorando, lo que pasa es que mientras caminaba hasta acá, por el estacionamiento, me cubrió una niebla muy pesada. Cuando es así se condensa en la piel y parece lágrimas, ¿pero sabes algo? Olvidé mi café en el coche. Regreso en seguida.


Carlos Aguilar Esparza

La imagen es de Marcediaz desde su sitio de fotos: